Soy Eduardo Boix

«recuerdo una underwood negra de teclas redondas»

Era un niño raro, con gustos raros y actitudes extrañas. Me aislaba de todo como el personaje de La historia interminable de Michael Ende. Bastian Baltasar Bux en un desván, bajo las mantas leyendo un libro mágico.

Conocí la figura de Miguel Hernández gracias a una exposición organizada por la CAM cultural sobre la figura del poeta del pueblo. Sería a finales de los ochenta o principios de los noventa, cuando aún la libertad no estaba cuestionada. Fui dos veces, una con el colegio y el fin de semana con mis padres.

Recuerdo una Underwood negra de teclas redondas. Pedí en catequesis, arrodillado ante un Cristo en la cruz, una máquina de escribir como aquella, la del poeta. Quería ser escritor, iba a ser escritor, qué demonios. Nadie me iba a impedir que yo fuese lo que me venía en gana. Me regalaron una escopeta de balines, acertaron de lleno. Aquello fue la constatación que el camino de la literatura no iba a ser nada fácil.

Mi padre me compró un cuadernillo con cartas a Josefina, que me gustó por el diseño de la edición, por aquel entonces yo no entendía nada, y un póster que me acompañó hasta que hicimos reformas en casa. Miguel Hernández se instaló en mí como se instalarían tantos otros años más tarde. Recuerdo mirar aquel cuadernillo de cartas e intentar entender la importancia de aquello.

Sigo soñando con que me regalen una máquina de escribir en mi comunión. Ahí está la escopeta de balines en el fondo de un armario.

Eduardo Boix

Era un niño raro, con gustos raros y actitudes extrañas. Me aislaba de todo como el personaje de La historia interminable de Michael Ende. Bastian Baltasar Bux en un desván, bajo las mantas leyendo un libro mágico.

Recuerdo una Underwood negra de teclas redondas. Pedí en catequesis, arrodillado ante un Cristo en la cruz, una máquina de escribir como aquella, la del poeta. Quería ser escritor, iba a ser escritor, qué demonios. Nadie me iba a impedir que yo fuese lo que me venía en gana. Me regalaron una escopeta de balines, acertaron de lleno. Aquello fue la constatación que el camino de la literatura no iba a ser nada fácil.

Mi padre me compró un cuadernillo con cartas a Josefina, que me gustó por el diseño de la edición, por aquel entonces yo no entendía nada, y un póster que me acompañó hasta que hicimos reformas en casa. Miguel Hernández se instaló en mí como se instalarían tantos otros años más tarde. Recuerdo mirar aquel cuadernillo de cartas e intentar entender la importancia de aquello.

Sigo soñando con que me regalen una máquina de escribir en mi comunión. Ahí está la escopeta de balines en el fondo de un armario.

Eduardo Boix